
Mi nombre es Emilia del Valle, de Isabel Allende
He leído a Isabel Allende desde joven. La admiré antes de entenderla, y más de una vez la juzgué con dureza, como a quienes nos inspiran sin pedirlo. Pero con Mi nombre es Emilia del Valle he vuelto a encontrar algo que me conmovió sin necesidad de que fuera perfecto: una historia que nace desde la herida, la palabra y la valentía.
Emilia es una protagonista que no está diseñada para agradar. No es una heroína hecha de luces, sino de contradicciones, ambición, ternura y rabia. Eso la vuelve real. Es periodista, es hija ilegítima, es mujer en un tiempo que no admitía ninguna de esas cosas con dignidad. Y aún así, escribe, viaja, pregunta. Se enfrenta a la guerra con cuaderno en mano, y a su pasado con la misma ferocidad.
Lo que más me ha gustado del libro no es su argumento —previsible en algunos tramos—, sino el modo en que Allende devuelve a la ficción histórica algo que a veces se olvida: la pulsión por contar lo que otros no contaron. En este caso, desde el punto de vista de una mujer que observa lo que la historia oficial borra. Y lo escribe.
Hay pasajes muy potentes. La crónica de la guerra civil chilena, la relación entre Emilia y su madre, los silencios heredados… Todo ello escrito con esa prosa reconocible de Allende: fluida, precisa, emocional. A ratos incluso lírica, aunque sin excesos. El libro avanza entre capas: lo político y lo íntimo se entrelazan sin estorbarse, como si hablar de un país fuera también hablar de una hija, de un deseo, de una herida no dicha.
¿Es una novela redonda? No del todo. Hay personajes que se sienten esquemáticos, algunas decisiones narrativas predecibles, y un ritmo que por momentos se diluye. Pero lo que permanece es más importante: la mirada. La voluntad de rescatar una voz que, aunque ficticia, podría haber sido real. O muchas. Porque Emilia no es solo una mujer: es una forma de resistencia frente al olvido.
Yo no sé si este libro cambiará la literatura de Allende ni si será de los que recordemos como esenciales. Pero sí sé que, al cerrarlo, tuve la sensación de haber acompañado a alguien valiente. Y eso, en estos tiempos, no es poca cosa.